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jueves, 15 de julio de 2010

Turner


"Paz. Exequias en el mar"  ( 1842)


Superación a sus maestros, 

               "Venecia desde el pórtico de Santa María della Salute" (1835)


 rivalidad,
         "El declive del Imperio Cartaginés"  (1817)


                                                                                      ambición, 

"El naufragio" (1805)

   "Tempestad de nieve, barco de vapor frente a Harbour's Mouth"  (1842)



precursor del Impresionismo....

"El temerario remolcado a dique seco" (1839)


Joseph Mallord William Turner 

                            "Lluvia, vapor y velocidad" (1844)


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miércoles, 14 de julio de 2010

La mirada de Giovanna


"Ars vtinam mores animum que effingere posses,       
pvlchrior in terris nulla tabella foret"
MCCCCLXXXVIII  
                   
"¡Ojalá pudiera el arte reproducir el carácter y el espíritu! 
No habría en la tierra una tabla más bella"
1488


Representación máxima del Quattrocento y de las medidas ideales de  la belleza en el Renacimiento. La geometría, precisión y exactitud matemática dotan a la tabla de un sereno equilibrio.  

Recorro con gusto y mucha calma el cuadro. Me detengo en cada detalle.
En la hornacina descansan varios objetos alusivos a sus delicados gustos y a su carácter: El libro de las horas y la hilera de cuentas  de coral  aluden  a su piedad; las joyas, un dragón con dos perlas y un rubí  hace juego con el colgante del cordón de seda que adorna su pecho y constituyen una alusión a su vida pública, el cartellino con un fragmento de un epigrama de Marcial.
Admiro el detalle de sus exquisitos ropajes de seda y brocado. Sus rasgos  suaves, elegantes, inexpresivos y perfectos. La delicadeza en el  cabello, en las manos, en su porte.

 Saciado el primer impulso, fijo la vista en aquello que me conecta con ella. Observo el rasgo que engarza a esta joven con el mundo real, con el mundo del que la contempla. Su mirada.
Sin embargo ésta no se se dirige a lo cercano, a lo visible. No es una mirada terrenal.  Mira más allá, hacia lo invisible, hacia la eternidad. Su mirada trasciende  lo puramente humano y adquiere el valor de lo eterno. Como ella.

La inmortalidad a través de su mirada. Ese es el  secreto que  me desvela este cuadro y  que reza bajo el título: "Retrato de Giovanna degli Albizzi Tornabuoni". Más cuando se supone  retrato póstumo, puesto que Giovanna habría fallecido dos años antes de su realización.


Ghirlandaio, Domenico (Domenico di Tommaso Bigordi)
Retrato de Giovanna Tornabuoni, 1488.
Temple y óleo (técnica mixta) sobre tabla 77 x 49 cm
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid



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sábado, 27 de marzo de 2010

Un cuadro





El cuadro que vi en el "Centre del Carme", el invierno de 2006, me impactó por sus dimensiones (160 x 240 cm), por sus tornasolados colores, por la atmósfera quieta y difuminada, pero sobre todo por la composición de las figuras.
Me cautivó desde el  primer momento la posición de los cuerpos yacentes en medio del prado.
  
Miré el título: "Muerte de Tristán e Isolda"   

Se me esfumó el tiempo contemplándolo. Cuando al fin pude apartarme de él, mis ojos volvían una y otra vez  a buscarlo. Desde otro cuadro, desde otro ángulo de la sala, mi mirada buscaba insistente el objeto que la había seducido. Antes de marcharme volví a acercarme. Duermen un sueño eterno, pensé.


Me marché del Carme. El nombre del pintor se desvaneció tan pronto como salí del recinto. Sin embargo, su obra no se me olvidó. Este cuadro me ha perseguido en sueños.

Más tarde, al escuchar el aria final del drama de Wagner, el liebestod, ese aria romántica por excelencia, que es el "Dolce e calmo", es cuando entenderé el cuadro. Para el mundo Tristán está muerto, pero para Isolda vive. El pintor refleja acertadamente los sentimientos de ella al final de este drama operístico. El cuadro es Isolda. Ella completamente expuesta y entregada.
Silencio, soledad...Isolda.

Esta pintura se convirtió desde el primer instante en una imagen sugerente y en un referente. Retomé el libro de Strassburg y lo releí a finales de 2007. Un año después, en otoño de 2008 reaparece la historia, reaparece el cuadro, pero... ¿Y el nombre del pintor? Internet, enciclopedias, libros de pintura, nada. Acudo por fin a una compañera, especialista en historia del arte. A los pocos días llega la respuesta: Rogelio de Egusquiza.

¿Qué decir de estos enamorados? El atardecer los encontrará inertes y los arropará con una sonrosada, nacarada y mágica luz. Los colores de su piel se oponen, como la vida y la muerte.  Los amantes muertos, se vuelven, sin embargo, inmortales a través de nuestros ojos; los ojos de aquellos que contemplamos su drama, los ojos del espectador. Es Isolda la que otorga la inmortalidad a Tristán con su elección, seguirle en su periplo más allá de la muerte. Irradia un dramatismo calmo, reposado, sutil.

No hay rigidez en su muerte. Su postura se derrama, literalmente, cubriendo el cuerpo del amado, tranquila y descansada. Transmite calma y un deseo de entrar en su mismo sueño como ellos, con ellos. Serena amante, suave, vaporosa, pura, sensual, y confiada en su amoroso final. La fría muerte no es tal con esas tonalidades cálidas y asalmonadas y con su cuerpo  en  posición tan inusual.
                                                                                         
Por siempre duermen Tristán e Isolda, Isolda y Tristán, su sueño de amor eterno.
Una de las leyendas dice que un rosal y una vid crecerán y se enredarán sin que el hacha del rey Marke pueda evitarlo.

En medio del prado, encima de la hierba, dos cuerpos yacen. Las rosas y el infinito horizonte serán ofrenda perpetua en su tumba.

Una historia de 3 años con Isolda.


"Tristán e Isole.  La Muerte".
 Rogelio de Egusquiza 1845-1915.
Lienzo: 160x240 cm.
Colección Museo de Bellas Artes de Bilbao.


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martes, 25 de noviembre de 2008

Acerca de la Ofelia de Millais

Ophelia (1851-1852). Óleo sobre lienzo 76,2 x 11,8 cm. Tate Gallery, Londres. Sir John Everett Millais (1829-1896)

El cuadro representa la escena que le describe Gertrudis, madre de Hamlet, al hermano de Ofelia, Laertes.
La mejor imagen de Ofelia puede verse en la londinense Galería Tate, en un famoso óleo del precoz pintor John Everett Millais, considerado como el sucesor de Turner.

Inspirado comentario el de Sánchez Artola al óleo de Millais:

La figura de Ofelia está desapareciendo bajo las “gimientes” y sosegadas aguas, que son lo suficientemente diáfanas, como para no ocultar a nuestra vista sus brazos y torso parcialmente inmersos. Su hermoso rostro está ahora ausente en un gesto patético que conmueve profundamente. Los ojos inanimados, los labios entreabiertos, inertes y las manos en actitud de ofrenda, dejando escapar unas flores. La parte inferior de su cuerpo parece estar ya sumergida, permaneciendo en la superficie las piezas más vaporosas del pesado vestido, que al igual que sus largos cabellos, parecen resistirse a desvanecerse para siempre.


... Parece estar destinada a fluir disuelta en el agua, pero a la vez tangible e incorruptible, para, como sugiere Bachelard, aparecerse por siglos a los soñadores y a los poetas, flotando en su río. Junto a ella sobrenadan las flores que había recogido. Flores que están modeladas con una precisión y una minuciosidad asombrosas. Algunos críticos contemporáneos del autor no encontraron encanto alguno en esta pulcritud realista de Millais; su exuberancia naturalista les parecía una complacencia innecesaria e indolente, un desacierto que hurtaba eficacia dramática a la protagonista de la historia. Nada más lejos de la realidad. El conjunto de la composición es soberbio, y a pesar de eso nada impide que cuando nos encontramos con el lienzo, la mirada se desvíe empática e ineludiblemente hacia la desdichada.


Ya en los prolegómenos del fatal desenlace de Ofelia, ésta recurre a las plantas para transmitir sus cuitas a Gertrudis. Con intención incierta le ofrece unas hierbas reputadas entonces por sus efectos beneficiosos, pero también por su efectos abortivos, el hinojo y la ruda, a la que además se le atribuía eficacia para exorcizar demonios, y también palomilla, una planta que a altas dosis resulta igualmente tóxica: “…hinojo para vos, y palomillas y ruda... para vos también, y esto poquito es para mí. Nosotros podemos llamarla yerba santa del Domingo,... vos la usaréis con la distinción que os parezca...”. En tono mordaz y atormentado denuncia la muerte de su padre Polonio a manos de Hamlet: “…Ésta es una margarita. Bien os quisiera dar algunas violetas; pero todas se marchitaron cuando murió mi padre. Dicen que tuvo un buen fin...”


Tras la desaparición de Ofelia, una vez más, los personajes evocan mediante este recurso estilístico lo que no se atreven a verbalizar. Gertrudis, al relatar a Laertes el desgraciado episodio, lleva a escena las flores que supuestamente Ofelia ha recogido antes de precipitarse al río y que tienen una trágica carga simbólica. Millais no hizo sino mantenerse fiel al artificio alegórico shakesperiano. Violetas enguirnaldadas abrazan el cuello de la joven, siendo estas flores un icono de la desesperanza y de la muerte prematura. Flotando en el agua hay esparcidos: pensamientos, alegoría del amor no correspondido, y amapolas, símbolo del adormecimiento y la muerte. También vemos: nomeolvides, ulmarias, ortigas, narcisos, margaritas, coronas imperiales, lirios, adonis, dedos de muerto… incorporados no como aderezos pueriles, sino como metáforas tanto de los defectos de Hamlet como de los sentimientos taciturnos de Ofelia. Que Millais hubiera prescindido de esta abundancia iconográfica o que no se hubiera esmerado en su reproducción hubiera sido incoherente.


La muerte de Ofelia en la obra de Shakespeare es fuente de un perpetuo ejercicio especulativo, pues el hecho luctuoso no sucede en escena. Es narrado por boca de Gertrudis, quien explica que ha caído involuntariamente al río y en su desvarío se ha dejado llevar: “…Llegada que fue, se quitó la guirnalda, y queriendo subir a suspenderla de los pendientes ramos; se troncha un vástago envidioso, y caen al torrente fatal, ella y todos sus adornos rústicos. Las ropas huecas y extendidas la llevaron un rato sobre las aguas, semejante a una sirena, y en tanto iba cantando pedazos de tonadas antiguas, como ignorante de su desgracia, o como criada y nacida en aquel elemento. Pero no era posible que así durase por mucho espacio. Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían la arrebataron a la infeliz; interrumpiendo su canto dulcísimo, la muerte, llena de angustias”
El accidente se transmuta en acto deliberado en el acto V, en la conversación de los sepultureros “¿Y es la que ha de sepultarse en tierra sagrada, la que deliberadamente ha conspirado contra su propia salvación?”. A los ojos del criticismo en general y del poético en particular, los tristes avatares de su vida, su estado delirante, y el mismo sentido lírico hacen más apetecible la tesis de la muerte suicida, más por abandono que por acción.


La pintora, poetisa y arquetipo estético prerrafaelista Elisabeth Eleanor Siddal, fue la paciente modelo de esta obra magistral, en interminables sesiones en las que posaba sumergida en una bañera con un precioso vestido antiguo que el pintor había encontrado para la figuración. Según cuenta el hijo de Millais en su obra biográfica sobre su progenitor, un día no se pudo calentar el agua y Elisabeth enfermó durante varios días. El padre de la artista se enfadó considerablemente con el pintor, requiriéndole una satisfacción económica. Lo cierto es que una vez recuperada del enfriamiento “acuático” no volvió a trabajar para Millais.


La infeliz y enigmática Ofelia shakespeariana, fuente inagotable de inspiración artística, literaria y filosófica, sedujo a Millais, quien forjó una reinterpretación pictórica realmente sobrecogedora. Si bien el tema central de la obra es el mito ofeliano, el melancólico escenario natural que lo enmarca es admirable. El entorno es frondoso y brillante en colorido, de suerte que, no resulta opresivo a pesar de ser testigo de la tragedia. Este paraje apropiado para su inspiración y capturado de manera fidedigna, lo había encontrado el pintor tras una ardua búsqueda, acompañado de su amigo Hunt, cerca de Ewen en un remanso del río Hogsmill.



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